Categoría: De mi puño y letra
3 Febrero 2006
Desde hoy, en El (nuevo) rincón del somardón, un nuevo relato por entregas: Cariño al contado, la historia de una ex alumna de las ursulinas descalzas actualmente traductora de textos para editoriales.
De lunes a viernes en El (nuevo) rincón del somardón
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19 Diciembre 2005
Esta noche lo ha vuelto a hacer. Y mira que se lo he dicho cientos de veces. Porque yo podré ser buena, pero tonta, no.
Ha salido de casa, como cada noche, a eso de las ocho y media, nueve menos cuarto. Primero da un paseo breve por las calles del barrio –acostumbra a elegir las menos iluminadas–, pero siempre termina en ese café que hay a dos manzanas de aquí. Yo no le he seguido nunca, hasta ahí podíamos llegar, pero son muchos años viviendo juntos como para no saber exactamente lo que hace en cada momento. Él estará como siempre, acodado en la barra, bebiendo una cerveza y fumando sin parar su apestosa pipa. Ella permanecerá inmóvil a su lado, atenta a cada caricia que pueda recibir de mi marido, a cada gesto de cariño que él le regala continuamente. Y a mí, que me zurzan.
Luego llegará con su maldito olor a tabaco y jurando que ni siquiera ha dado una bocanada; como si yo no supiera que, si no fuera por fumar, para luego iba a tener tanto interés en sacar cada noche de paseo a la perra… pero de hoy no pasa: no pienso consentir que siga trayendo ese olor asqueroso que no hay manera de arrancar de las cortinas ni gastando un bote entero de ambientador.
Ricardo Bosque
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14 Diciembre 2005
Sofía y Julián llevaban varios días leyendo el mismo libro; no, no simultaneaban la lectura de un mismo ejemplar, sino que ambos dedicaban sus ratos muertos a leer un mismo título. Y luego, mientras compartían unas cervezas, cambiaban impresiones sobre los personajes principales y secundarios, las situaciones a las que la autora les hacía enfrentarse, el ritmo trepidante de la narración…
Ambos aprendieron poco a poco a apreciar el mismo tipo de cine, a escuchar el mismo género de música, a desarrollar idéntica pasión por la pintura.
Llegaron a degustar los mismos licores cuando tocaba tomar copas, a saborear los mismos platos cada vez que el grupo salía de cena, a aislarse de la pandilla cuando la cena concluía.
Incluso llegaron a carraspear del mismo modo característico, a utilizar las mismas coletillas en sus frases y a frotarse las manos con una cadencia estudiada. Eso sí, cada uno se frotaba sus propias manos, que pocas veces fueron sorprendidos enlazando los dedos del otro.
Sí, ya sé que para ser mujer no demuestro una gran perspicacia, pero sólo me di cuenta de todo esto poco después de que Julián entrara en casa, el gesto serio, la mirada ausente, y me dijera que todo había terminado entre los dos, que llevaba varios meses viéndose a mis espaldas con Sofía –y no sólo cuando salíamos en grupo– y que debíamos separarnos. También me juró que no pretendía hacerme daño, que no me lo tomase tan a pecho. Simplemente, se había dado cuenta de que Sofía y él tenían muchas cosas en común.
Ricardo Bosque
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11 Diciembre 2005
Cinco años después, todavía no me he podido deshacer de su último recuerdo, de su imborrable sombra. Durante todo ese tiempo he ido desprendiéndome de su memoria: arrojé en un contenedor todos los discos que habíamos comprado en común y que representaban algo especial para mí, rompí todas las cartas que me escribió cuando éramos novios, recorté su figura en cada una de las fotos en las que aparecíamos juntos. También fue hace cinco años cuando cancelamos conjuntamente las cuentas corrientes que conjuntamente habíamos abierto al casarnos.
Pero todo eso no era suficiente para olvidarla.
Desde el día en que nos separamos –realmente, desde una semana después–, su nombre no figuraba en la plaquita del buzón. Había roto las antiguas tarjetas de visita y había mandado hacer unas nuevas en las que sólo aparecían mis datos, y ella había tenido el detalle de cambiar la domiciliación bancaria de sus tarjetas de compra.
En cuanto a sus libros, los empaqueté cuidadosamente y los remití a la dirección que ella me facilitó. Otro tipo de enseres domésticos, como el video, el televisor, el equipo de música, los habíamos repartido antes de que ella se fuera definitivamente de casa. Sólo dejó algunas ropas que, al cabo de los meses, llevé a una asociación benéfica y ahora cubrirán otros cuerpos más necesitados.
Pero Silvia seguía presente en mi vida.
Decidí cambiar de agenda de teléfonos pues a veces, buscando el de alguno de mis amigos, tropezaba con el de mis suegros, con el de alguna de las compañeras de estudios de Silvia, con el de la peluquería a la que iba cada quince días... y eso me traía de nuevo a la mente su imagen nítida.
Seguí buscando recuerdos suyos por toda la casa. En una caja que encontré en el baño y que nunca abrí desde que ella se fue todavía había unas cuantas cremas de día, de noche, mascarillas para el pelo, maquillajes, una antiarrugas casi agotada, varias horquillas y un paquete de algodones desmaquillantes. Todo aquello, incluida la caja, acabó en la basura.
Continué el rastreo en el salón. El mueble bar contenía algunos licores que sólo Silvia solía beber: una botella de Cointreau, una de licor de manzana verde y otra de licor de melocotón. Cuando conseguí romper el precinto de azúcar en que se había convertido el tapón, vertí todo su contenido por la fregadera. Veía desaparecer el líquido por el desagüe y con él se iba Silvia un poco más.
Y todavía percibía su presencia a mi alrededor.
El último paso lo di al deshacerme de las corbatas que, a lo largo de los años, me había ido regalando. A razón de una por cada san Valentín y otra por Reyes o por mi cumpleaños, salía una cifra de dos corbatas al año. En total, catorce corbatas alimentaron la pira funeraria que preparé en la terraza.
Eso fue el pasado mes de diciembre, coincidiendo con una de mis clásicas depresiones navideñas. Durante los cuatro meses siguientes no logré encontrar nada que llevara estampado el nombre de Silvia, nada que me hiciera oler su perfume, nada que me trajera su voz canturreando al lado de la mía, nada que grabase su imagen en mi retina. Pero al llegar mayo...
Al llegar mayo, la agencia de viajes Mar y Sol Travels, con la que Silvia y yo habíamos contratado nuestras vacaciones en un par de ocasiones, se encargó de hacerme llegar –como ocurría cada mes de mayo desde hacía diez años– su catálogo veraniego de las costas e islas de España, igual que si se tratase del recordatorio anual de nuestro aniversario de boda. Sin abrir el sobre, lo rasgué y lo arrojé a la basura. Lloré unas lágrimas de rabia, luego sonreí y pensé que, al menos, ahora disponía de todo un año por delante sin toparme con la cara de Silvia. O de toda una vida si me cambiaba de domicilio y me hacía invisible también para Mar y Sol Travels.
Ricardo Bosque
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7 Diciembre 2005

¿Cómo imaginar que un tendedero iba a ser el único remedio posible a mi aburrimiento crónico? Porque había probado a entretenerme con algún libro y no surtió efecto. La tele me aburre y también las tertulias con los amigos, pues siempre terminamos hablando de algún programa que yo no he visto. El cine no me gusta, y el teatro me parece un engaño que no engaña ni a un niño. Así que siempre termino apoyado en el alféizar de la ventana, mirando a la calle y a la gente que pasa por ella. Eso, cuando no llueve.
Un día soleado me fijé en la vecina de enfrente. Estaba con medio cuerpo fuera de la casa, recogiendo la ropa que había puesto a secar al sol en un tendedero extensible de cinco barras. En cuanto cerró la ventana, varios gorriones se posaron donde antes había prendas de vestir. Indecisos, saltaban sin cesar de una a otra barra. Fue entonces cuando encontré la solución a mi problema.
Rescaté del trastero un órgano electrónico que compré hace años en otro intento por combatir el tedio. Lo monté sobre sus patas metálicas frente a la ventana y comencé a volcar en el teclado los caprichosos saltos que aquellos gorriones daban entre las cinco líneas de aquel pentagrama de aluminio. Desde ese día, las horas muertas se me pasan volando.
De esto hace ya tres semanas y a punto estoy de completar mi Concierto Nº 1 en clave de Sol. Siempre que el tiempo no cambie y vuelva la temporada de lluvias, claro.
Ricardo Bosque
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6 Diciembre 2005
Aïcha2001.PDF
Aïcha (2º premio del Concurso de Relatos Cortos Juan Martín Sauras 2001)
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5 Diciembre 2005
Lento e incompetente, decía el hijoputa en su escrito. Que todo el día de cháchara, desayunos de hora y media, compras en horario de trabajo, días festivos por asuntos particulares… Que así iba el país, con tanto funcionario tocándose los cojones siete horas al día. Y que los demás a trabajar y pagar impuestos para mantener a semejante cuadrilla de vagos e incompetentes.
Evidentemente, nunca debió escribir esas líneas en una instancia oficial.
Lento e incompetente, decía. Me llevó menos de un minuto averiguar la matrícula de su coche y si estaba la corriente de pago del impuesto de circulación. ¿Es eso lentitud? En dos minutos más tenía su dirección, su profesión y estudios cursados, dónde tenía el despacho en el que ejercía como asesor fiscal, si tenía vivienda en propiedad o estaba de alquiler… Y los datos correspondientes a su mujer, el nombre de cada uno de sus tres hijos y, recurriendo a las amistades -la necesaria comunicación entre distintas Administraciones-, el nombre del colegio público al que iban.
Me quedé con su careto gracias a la fotocopia compulsada del libro de familia que encontré en el archivo de la oficina. Para que luego digan que siempre andamos perdiendo expedientes. Si no hubiera solicitado en su día bonificaciones por familia numerosa me habría resultado más difícil ponerle cara, pero la gente, por ahorrarse cuatro perras, es capaz de renunciar a sus derechos de imagen. ¡Pues que se joda!
Llegó la hora del desayuno. La bolsa pesaba lo suyo, pero el esfuerzo merecía la pena. Acudí al bar de todas las mañanas, me tomé mi bocadillo de tortilla y mi caña, y un cortado para calentar el cuerpo. Leí los periódicos de la casa, pagué la consumición, invertí los cambios en la tragaperras y salí del local. Al llegar a la esquina de la calle, caí en la cuenta de que había dejado olvidada la bolsa en el bar. ¡Qué cabeza la mía!
Cinco minutos más tarde me encontraba ante el edificio en cuestión. El despacho estaba en la primera planta, toda ella ocupada por oficinas, pero utilicé el ascensor, que tampoco es cuestión de hacer esfuerzos innecesarios. E insisto, la bolsa cada vez pesaba más.
Pase sin llamar, decía el cartel de la puerta. Obedecí. En el recibidor no había nadie y una voz masculina me invitó a llegar hasta el final del pasillo. Que estaba solo, dijo el incauto. Mejor, no me gustan las multitudes.
Saludé nada más entrar en el despacho. Ahí le tenía, igualito al de la foto, pero con menos pelo. El tipo se incorporó levemente de su asiento y me ofreció su mano. Era diestro; un dato que desconocía y que me resultaba imprescindible. Con el pisapapeles le metí una hostia en su cara de gilipollas y el tipo se derrumbó inconsciente en el sillón. Saqué la guillotina de la bolsa, la coloqué sobre la mesa y acepté la mano que el cabrón me acababa de tender.
Ricardo Bosque
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3 Diciembre 2005
Era sábado, y, como todos los sábados, tocaba limpieza general. Antonio había bajado a por la prensa y, seguro, aprovecharía para tomar un café en el bar de la esquina. Mejor, siempre he preferido hacer las cosas de casa sin nadie remoloneando alrededor.
Limpié cristales, quité el polvo a los muebles –incluido el que más pereza me da, el taquillón de la entrada, adornado centímetro a centímetro con mi colección de búhos y elefantes con la trompa alzada, que dicen procuran buena suerte–, hice los baños, barrí y fregué todo el piso. A las once había terminado, me senté en el sofá y me encendí un cigarrillo. Antonio todavía no había vuelto: me dije en voz alta que se habría entretenido más de la cuenta en el bar, aunque no pude evitar el pensamiento de siempre.
A las doce comencé a preocuparme en serio. Encendí otro cigarrillo, busqué las páginas amarillas en el taquillón de la entrada a la vez que pedía mentalmente a búhos y elefantes que nada malo hubiera sucedido, las abrí por la B de Bares, descolgué el teléfono y marqué. En el bar me dijeron que Antonio había salido de allí hacia las nueve y media, justo cuando...
Colgué sin terminar de escuchar la explicación del camarero. Lo primero que imaginé es que Antonio era capaz de haberse dejado atropellar en el único cruce que separaba la casa del bar, tan inútil como era. Y todo por seguir rechazando el pensamiento de siempre.
A la una ya estaba de los nervios. Cogí de nuevo las páginas amarillas, las abrí por la H de Hospitales y comencé la ronda uno por uno. Por supuesto, nadie que respondiera a su nombre y descripción había ingresado en toda la mañana. Descarté llamar a la policía, sé que deben pasar ciertas horas antes de denunciar una desaparición y seguramente sólo provocaría en los agentes una asquerosa sonrisa de complicidad entre ellos.
Con la fuerza de un portazo, la angustia inicial dejó paso libre a la indignación más profunda. No tenía sentido seguir negando la evidencia, lo que siempre había pensado que terminaría sucediendo: el desgraciado de mi marido se había largado con la secretaria.
Reaccioné con inusitada frialdad: lo tenía claro si creía que iba a ir tras él como un perrillo faldero. Jamás en la vida sería capaz de rebajarme hasta el extremo de ir detrás de un hombre. De todos modos, las cuentas corrientes estaban a nombre de los dos, y el lunes a primera hora ya serían historia. Pero debía hacer otra cosa de inmediato: bloquear las tarjetas antes de que ese sinvergüenza pudiera retirar un solo duro. De nuevo páginas amarillas, B de Bancos y gestión realizada.
A medias satisfecha de mi sangre fría, a medias avergonzada por lo que Antonio había sido capaz de hacerme, me serví una cerveza y volví a sentarme en el sofá. Las dos y media. Puse las noticias de Telecinco y la cantinela de los niños de san Ildefonso me recordó por primera vez en todo el día que era 22 de diciembre: nosecuantos miiiil noooosecuantos, un porrón de millones de eeeeurooos.
Corrí a la entrada. Bajo el elefante más grande, donde siempre colocábamos el boleto que comprábamos a medias no había nada de nada.
Saqué por última vez más las páginas amarillas y las abrí por la D de Detectives Privados. Lo tenía claro ese cabrón si pensaba escapar fácilmente de mí.
Ricardo Bosque
Relato publicado en el libro Relatos para Sallent I y II Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos "Luis del Val"
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