Categoría: Le atendió Ramiro B. (diario de un vendelibros)
26 Enero 2006
No he comenzado la semana con buen pie precisamente.
Nada más llegar a la tienda, otra vez lo mismo de hace unos días. Pero esta vez Martín no ha tenido la delicadeza de llevarme fuera de la vista de los demás compañeros. Hoy, desde luego, le ha costado lo suyo reprimir esa violencia que detecté casi desde el primer momento. Se conoce que, esta vez, el asunto le afectaba de un modo más personal (y emocional) que cuando llegó la queja de Fabra al buzón de reclamaciones.
Me ha arrinconado como hizo con Clara, pero por fortuna no se ha mostrado tan cariñoso conmigo. Y no es que tenga nada contra el sexo con hombres, que nunca lo he probado; es simplemente que Martín no es mi tipo.
Casi no le han hecho falta palabras, pues por su mirada asesina he comprendido que será mejor que nadie sepa por mí lo de su relación con la Britney cuarentona que tenemos en la tienda. Y también él ha entendido, por mi mirada, que haré lo que me salga de los huevos. Porque es evidente que si todavía no me ha echado a la calle se debe a que me teme más que me odia por lo que he visto de sus carantoñas con Clara.
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24 Enero 2006
Vale, reconozco que me está volviendo a suceder y que mi psiquiatra tiene razón: padezco el llamado T.O.C. ¿Qué significa T.O.C.? Trastorno Obsesivo Compulsivo, lo que hace que, de vez en cuando, deba poner a alguien en mi punto de mira hasta saberlo todo sobre él. Ella, en esta ocasión.
Hoy es fiesta pero me he levantado, poco más o menos, a la hora de siempre. Aunque sé dónde vive Carmen Lázaro, todavía no conozco sus horarios de fin de semana y no quiero perder la ocasión de verla en una mañana de domingo.
No podía correr el riesgo de llegar tarde, así que apenas he hojeado el periódico en el bar mientras tomaba un café con leche; un retraso, y el madrugón dominical no me habría servido de nada.
He llegado a su calle sobre las once y media. Frente a su casa hay un bar, y he pensado que era un buen sitio desde el que controlar el portal de Carmen. No me apetecía otro café, y me he decidido por una cerveza de barril. Dos cañas más tarde, Carmen Lázaro, su marido y su hijo han salido a la calle.
He pagado mis consumiciones al camarero y he salido tras ellos. Les he seguido por el barrio, manteniendo una distancia más que prudente para evitar ser descubierto, pues no habría sabido cómo explicar mi presencia allí.
A varias manzanas de su casa han entrado en una cafetería que hace chaflán. Carmen Lázaro y su hijo se han ido a sentar a una mesa junto al ventanal que se asoma a la calle mientras el marido se acercaba a la barra a pedir las bebidas y algo para picar. Carmen Lázaro miraba hacia el exterior del bar. Parecía aburrida, ausente, y así se ha mantenido incluso cuando el marido ha ido a sentarse junto a ella y el hijo. Él ha centrado la atención en su cerveza y en las patatas fritas que, aparentemente, había comprado para el niño; el muchacho sólo ha separado los ojos de la Game Boy salvo para dar algún trago a la cocacola; Carmen ha permanecido todo el tiempo con una tónica entre las manos y la mirada fuera del establecimiento.
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19 Enero 2006
Clara puede resultar mona, aunque me da la impresión de que está atravesando una crisis de ubicación cronológica. O tal vez siempre haya sido así, yo llevo poco tiempo en la casa para poder afirmarlo con total certeza.
Porque Clara se acerca peligrosamente a los cuarenta años, y a esa edad una no puede vestir como si fuera la presidenta del club de fans de Britney Spears, con minifaldas de colegiala y botas altas, blusa blanca y chaqueta azul marino de corte juvenil, ni peinarse con dos principios de coleta naciendo por encima de las orejas… He visto niñas en los comics manga mucho más moderadas que Clara.
Esta tarde, un poco antes de cerrar, me he escapado de mi planta y he subido a la de los discos, en la que trabaja nuestra adolescente cuarentona. Claro que tal vez no sea culpa suya, porque si te hacen vender diariamente los cedés estrella de los cuarenta principales alguna transformación debe producirse en tu cerebro… véase si no el modo peculiar de expresarse de Fernandisco y otros pinchadiscos como él.
Mi intención era preguntar a Clara por su impresión sobre Carmen Lázaro, sobre si también cuando visita su planta recorre las distintas zonas sin apenas prestar atención a su contenido para terminar inevitablemente en una sección determinada. La de música romanticona, tipo Julio Iglesias, Luis Miguel, Céline Dion y cantantes por el estilo.
He recorrido la planta hasta que la he visto, en un rincón más bien discreto, con la espalda apoyada en la pared y Martín frente a ella, un brazo sobre el hombro de la mujer y la boca junto a su oído, más cerca de lo que resulta necesario para hacerse escuchar. Martín, de espaldas a mí, no me ha visto. Clara, mirando en mi dirección con los ojos entreabiertos, sí. Ha susurrado algo a Martín y se lo ha quitado de encima con un gesto un tanto brusco. Me ha parecido ver el brillo de una lágrima resbalando por su mejilla.
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17 Enero 2006
El ordenador de la tienda lo sabe todo acerca de nuestros clientes: sus datos personales, la entidad bancaria con la que trabajan, si compran a crédito o en efectivo, a qué hora suelen realizar sus compras y qué es lo que compran.
Así he accedido a los gustos literarios de Carmen Lázaro, de los que hasta ahora tenía una ligera idea que hoy he podido confirmar. Entre las compras de los últimos cinco años hay varios nombres que destacan: Grandes, Serrano, Chevalier, Allende, Montero, Vreeland… Movido por la curiosidad, he indagado en las novelas que ha ido comprando de cada una de las escritoras, y he comprobado incrédulo que de casi todas ellas tiene la edición en tapa dura y la posterior en bolsillo.
“Hasta siempre, mujercitas” ha sido el último que ha adoptado para su librería particular. ¿Una despedida? ¿significa esto que no volveré a verla por la tienda?
He cerrado su ficha cuando me he dado cuenta de que Laura F estaba mirando por encima de mi hombro, algo que no soporto. Le he dejado el ordenador todo para ella y me he alejado pensando que, en caso de que Carmen Lázaro disponga en su casa de un estudio que haga las veces de biblioteca, en la puerta de acceso un cartel debería advertir: “Sólo para mujeres (melancólicas)”.
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13 Enero 2006
Desde que una foto de cuando era un bebé salió como por arte de magia de un libro que hacía años que no abría no he dejado de pensar en mis orígenes reales. No en mis Reales Orígenes, que no aspiro a tal cosa, sino a la identidad real de mis progenitores. Porque, claro, cuando la única foto que conservas de tu infancia te muestra tirado en la calle ante la puerta metálica de un taller, te formulas muchas preguntas.
La más evidente, desde luego, es si no serás realmente un bebé abandonado. Y de esta pregunta surge la siguiente: ¿son mis padres genéticos quienes me han criado o se trata de unos padres adoptivos?
Llevo horas con una foto mía en la mano derecha. Una foto reciente, quiero decir. De fotomatón, pero sirve para lo que pretendo. Con el dedo índice de la izquierda simulo un bigotillo como el que luce el que dice ser mi padre en su foto de boda con la que dice ser mi madre. Miro y remiro, y llego a la conclusión de que, afortunadamente, no me parezco en nada al general de brigada o de división o qué sé yo que pretende ser mi padre.
Me quito el bigote y veo que tampoco me parezco mucho a mi supuesta madre. Pero eso no quiere decir nada: cantidad de críos no se parecen a sus padres y no se cuestionan su origen. Claro, seguro que ellos no habrán encontrado nunca una foto en la aparezcan abandonados ante la puerta de un taller.
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11 Enero 2006
La mujer de pelo corto y gafas con montura de pasta, la que acostumbra a tocar el arpa con los libros de las diferentes estanterías mientras mira al tendido, se llama Carmen Lázaro. Lo sé porque hoy ha pagado con tarjeta. El importe de su compra ha sido ridículo, así que tal vez haya pagado con tarjeta para que yo sepa su nombre.
Ha venido a la misma hora de siempre, casi nada más abrir la tienda. No ha variado su recorrido en absoluto, un paseo anárquico por toda la tienda para terminar en su zona preferida. Desde allí, semioculta por esas estanterías repletas de lo que algunos llaman “novela testimonial”, me ha lanzado algunas miradas fugaces, como sin querer, mientras yo fingía estar ocupado ordenando lo que otros revuelven. Ha tenido varios libros en sus manos, los hojeaba y volvía a dejar en su lugar, hasta que se ha detenido un tiempo extra en uno concreto.
Cuando me ha visto lo suficientemente desocupado
como para no molestarme, se ha venido hacia mí con la novela en la mano: un ejemplar de bolsillo de Marcela Serrano, no sé qué de unas mujercitas. Juntos hemos ido hasta la caja, lo he pasado por el lector de códigos de barras y ha marcado poco más de cinco euros. Cuando me ha dado la tarjeta, la manga de la cazadora se le ha subido unos centímetros dejando a la vista un vendaje blanco de aspecto casero. Una caída tonta, ya ves, me ha explicado antes de que yo pudiera preguntarle nada.
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9 Enero 2006
El muy cobarde ha regresado y no le he quitado ojo de encima desde que ha entrado en mi planta. Ha dado un rodeo innecesario para llegar a donde siempre, supongo que para no cruzarse conmigo. Se le ve la culpabilidad en los ojos, en esos ojos de carnero “degollao” que decía mi abuela lucen los tristes y cobardes.
Estaba consultando los habituales libros de autoayuda que suele comprar cuando me he acercado por la espalda y le he picoteado el hombro con un dedo índice afilado como el pico de un cuervo. Ha dado un respingo –cobarde y asustadizo, el hombre– y al volverse le he preguntado si podía ayudarle en algo. Al mirar su cara de infarto, se me ha ocurrido de pronto que tal vez le vendría bien algún libro sobre cómo prevenir paros cardiacos.
Con una desagradable voz ronca, que suena como un eructo interminable que es capaz de modular con los labios, me ha respondido que sólo estaba echando un vistazo. He dejado que siguiera con su vistazo y yo tampoco le he perdido de vista a él.
Cuando Manuel Fabra pensaba que no le miraba, ha sacado un ejemplar de una estantería y se ha dirigido rápidamente hacia Laura F, esquivando mi probable placaje como si estuviera disputando un partido de rugby. Ha abonado la compra y ha salido sin despedirse de mí. Aunque no era necesario, he ido a comprobar a qué libro podía corresponder el hueco que ha dejado en la estantería: “Abre el melón”, claro. Cobarde, asustadizo y perseverante, Manuel Fabra.
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4 Enero 2006
Esta mañana he extraído un libro de uno de los estantes de la librería de casa. Da igual de qué libro se trata, es un detalle sin importancia. Lo trascendente es que al abrir el libro, una fotografía se ha deslizado de su interior cayendo al suelo. La he recogido y, al contemplarla, he entendido por qué he terminado pidiendo a veces en la calle: el tema de la fotografía soy yo, con ocho o nueve meses de edad, tendido sobre una acera junta a la persiana metálica de un taller. Al parecer, mis padres no tenían otro lugar mejor para inmortalizarme, depositado en la calle como un niño abandonado en Navidad. Si ante mí hubieran colocado un pedazo de cartón con alguna petición expresa (amor, comida, dinero, una familia adoptiva...) el efecto hubiera sido definitivo. Ahora sé que mi destino estaba marcado, al menos, desde los ocho o nueve meses de edad. Y contra el destino poca resistencia se puede oponer.
Otro pensamiento me ha asaltado de pronto: ¿y si efectivamente yo hubiera sido un niño abandonado? ¿y si el sargento chusquero que he tenido como padre no fuera sino un tipo que pasaba por allí poco después de que alguien me dejara tirado?
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