Categoría: Negro como el tizón
13 Diciembre 2005
Vaya por delante que las historias de psicópatas no consiguen volverme loco, pues a la tercera carnicería descrita al detalle pueden llegar a aburrirme profundamente, incluso a desagradarme.
Vaya por delante igualmente que considero un despilfarro injustificable el exceso de sangre derramada en muchas novelas, máxime a la vista de cómo la Cruz Roja busca desesperadamente donantes que palien la escasez de plasma de nuestros hospitales.
Y vaya también por delante que un asesino en serie no deja de recordarme a una cadena de montaje, cuando uno siempre ha preferido los productos hechos a mano y con cierta dosis de cariño en su elaboración.
¿Por qué entonces me ha enganchado de tal modo esta primera novela de Craig Russell? Porque, evidentemente, cuando un tipo se dedica a asesinar mujeres, y a todas ellas del mismo modo; cuando no sólo las mata, sino que además lo hace imitando un antiguo ritual vikingo que incluye la extracción de los pulmones y su colocación junto a la víctima a modo de alas; y cuando el asesino, desde luego, no muestra ningún espíritu cívico a la hora de proveer al Insalud de sangre de cualquier tipo, sino que deja que fluya sin parar en escenas que recuerdan a la matacía del tocino que se celebra en mi pueblo cada invierno… Si esto no es un asesino psicópata en serie, que venga Dios y lo vea.
El escocés Craig Russell nos presenta en esta su primera novela a Jan Fabel, un comisario alemán de la policía de Hamburgo que, de entrada, responde a uno de los patrones ya clásicos en el género: divorciado, una hija, escaso éxito con las mujeres, pasado que no desea recordar… Pero también con gusto por la historia, con la mitad de su sangre de origen escocés y educado a la inglesa, lo que le justifica que muchos le llamen “el comisario inglés”.
La novela arranca con el envío de un mensaje de correo electrónico a Fabel. En el mensaje, el asesino le comunica la muerte de su segunda víctima y aprovecha la ocasión para desafiar abiertamente al comisario: “Podrás atraparme, pero no detenerme”. La víctima, de la que sólo se conoce su nombre de guerra, parece ser una prostituta de lujo. Todo apunta a que nos encontramos ante un psicópata sanguinario con deseos de notoriedad y sin escrúpulo alguno, uno más a engrosar la nómina de desequilibrados que acostumbramos a ver en novelas parecidas.
Al menos eso es lo que parece que el autor quiere que creamos tras la lectura de las primeras páginas de “Muerte en Hamburgo”, aunque enseguida vemos que detrás de crímenes tan truculentos debe esconderse algo mucho más elaborado, que no estamos ante otra novela de tipos que deberían vestir camisa de fuerza hasta para dormir en lugar de dedicarse a retar al policía de turno a que se tome el asunto como algo personal y no pueda descansar hasta que termine la caza.
Y por supuesto que hay mucho más. Hay un montón de cuerpos policiales y militares –de nombres excesivamente largos e impronunciables para alguien que no sabe alemán– enfrentados entre sí, varios grupos mafiosos turcos y ucranianos disputándose los negocios sucios que surgen cada día en las calles de Hamburgo, políticos vinculados al pasado nazi de Alemania, especulación inmobiliaria y blanqueo de dinero a la vuelta de cada esquina de la ciudad… Y la propia ciudad, Hamburgo, como escenario de todo tipo de tropelías.
Craig Russell
ROCAEDITORIAL. 2005
Ricardo Bosque
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7 Diciembre 2005
Desde que, a finales de los ochenta, la editorial Júcar publicara en su colección Etiqueta Negra dos excepcionales títulos de este autor (“El cerdo de vapor” y “El huevo ingenioso”), no habíamos tenido ocasión de ver por estos lares una nueva traducción de los casos protagonizados por una de las parejas más atípicas del género: el teniente (blanco) Kramer y el sargento (bantú y, por supuesto, negro) Zondi, miembros los dos de la Brigada de Homicidios de Trekkesburg, Sudáfrica.
Desgraciadamente, han tenido que pasar más de quince años hasta que una nueva editorial ponga en nuestras manos otra joya del autor sudafricano, novela publicada originalmente en 1972 y que, cronológicamente, se sitúa a continuación de “El cerdo de vapor”, la primera de la serie y por la que obtuvo en 1971 el premio Gold Dagger de la Asociación Británica de Escritores de Novela Negra.
James McClure, nacido en 1939 en Pietermaritzburg, inició su carrera profesional como fotógrafo, compartiendo estudio con Tom Sharpe. En 1965 se exilió voluntariamente a Inglaterra pues, según sus propias palabras, “el apartheid me parecía absolutamente repugnante, y no sabía cómo quedarme sin formar parte de él”. Y es esa repugnancia por tan denigrante régimen político el que le lleva a descargar su ira mediante el género negro, porque, como dice el autor, “La novela negra se filtra por otro canal. La gente la lee en principio para evadirse, para pasar un buen rato. Y ese era el terreno en que yo pensaba que realmente podía golpear con más eficacia a un público conservador”.
Así es como crea a la curiosa pareja protagonista, que aunque pueda parecer ilógica en principio (un policía blanco y otro negro como compañeros en un régimen racista) debía ser habitual en la realidad, pues cada uno cumple su cometido en la resolución de los casos que investigan: Kramer interroga a los dominantes blancos y Zondi a los siervos negros, y así nadie se siente ofendido.
En “El Leopardo de la medianoche”, Kramer y Zondi deben resolver un enigma que comienza con la aparición del cadáver de un muchacho afrikáner (los descendientes de los holandeses colonizadores del país), mutilado en lo que parece la obra de un pervertido sexual. Pero el hallazgo de una oruga seccionada longitudinalmente y la averiguación de que el muchacho era miembro del Club de los Detectives, una especie de asociación cuya misión es alentar la colaboración de los niños en el mantenimiento del orden establecido y de paso perpetuar la visión racista de la sociedad, hace que los investigadores se inclinen por la posibilidad de encontrarse ante un crimen premeditado. Una extraña clave escrita en envoltorios de chicle, una Reina enterrada en el jardín de una mansión residencial de las afueras de la ciudad, o las clases de baile que el afrikaner muerto ha tomado en un club inglés conducen la trama hacia un desenlace del que no adivinaremos todo hasta casi volver la última página de la novela.
Como es habitual en McClure, la trama se desarrolla entre continuas muestras de ironía, situaciones surrealistas (la forma en que se produce la detención de uno de los colaboradores de Kramer por parte de la propia policía es absolutamente demencial) y un auténtico rosario de personajes secundarios con un carácter tan bien definido como el de los propios protagonistas: la viuda Fourie, madre de cuatro hijos y con la que Kramer mantiene una larga e inestable relación; Lisbet Louw, profesora del muchacho asesinado y decisiva a la hora de interpretar hechos que el teniente no termina de comprender; el agente Hendriks y sus permanentes granos adolescentes; el sargento Kritzinger, que nunca necesitará un pañuelo si tiene una corbata anudada al cuello; el capitán inglés Jarvis y su extraña familia; Nielsen, un naturalista que pasa las noches recolectando cagadas de musaraña; o Pembrook, el nuevo ayudante del teniente, sagaz en ocasiones pero infinitamente torpe la mayor parte del tiempo.
A través de estos y otros muchos personajes, McClure nos muestra cómo es la compleja sociedad sudafricana de los años setenta, utilizando el humor como mejor modo de denunciar las aberraciones de una sociedad clasista y racista, caracterizada por la presencia de multitud de grupos enfrentados entre sí, ingleses contra boers (ambos de acuerdo en un solo aspecto: la supremacía de los blancos sobre los negros) y bantús mirando por encima del hombro a zulúes, pues siempre ha habido clases y dentro de las clases, categorías.
Si no me equivoco, todavía quedan varios títulos protagonizados por Kramer y Zondi inéditos en España. Esperemos que no tengan que pasar otros quince años antes de poder disfrutar de nuevo de la voz diferente de James McClure.
James McClure
EDITORIAL FUNAMBULISTA. 2005
Ricardo Bosque
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5 Diciembre 2005

En 2001, José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957) presentaba en sociedad al inspector Juan Barraqueta. En esa ocasión, y en una novela (El asesino de Zaragoza) narrada en forma de carta de dimisión al Ministro del ramo, Barraqueta debía descubrir al psicópata que estaba detrás de una serie de asesinatos que, por una vez en la historia y sin que sirva de precedente, colocaban a Zaragoza en el mapa mundial, al menos en el criminal, que ya es algo.
El asesino en cuestión era un individuo que la había tomado con los poetas e intelectuales de la ciudad, a los que asesinaba por el curioso procedimiento de hacerles tragar sus propias e infumables (a su juicio) obras literarias. Nadie daba un duro por el mediocre inspector Barraqueta que, sin embargo, resolvía el misterio gracias a sus peculiares modos de investigar y alcanzando un desenlace realmente sorprendente.
Juan Barraqueta no es un gourmet como Carvalho o Montalbano, ni está divorciado como Wallander y tantos otros, ni se metió a policía para vengar el asesinato de ninguna novia o conocido allá por sus tiempos jóvenes como Jan Fabel y otros que no recuerdo... Barraqueta es amante de la cocina “normalita” (huevos, panceta, judías…), vive más o menos felizmente casado (como la mayoría de los mortales) en un tercero sin ascensor y se metió a policía después de licenciarse en Magisterio y descubrirse incapaz de aprobar una oposición de maestro. Como él mismo se define, un prófugo del arado como la mayoría, un fiel servidor del “todo por la nómina”. Quizá su única peculiaridad sea, producto de su pasada formación académica, lo mucho que disfruta leyendo poesía (Virgilio, Iriarte, Samaniego, el Romancero Viejo) encerrado en su retrete, lo que en ocasiones le da las claves para resolver los casos a que debe enfrentarse.
En esta segunda entrega, narrado en forma de carta a la psiquiatra que le atiende, Barraqueta debe investigar un asunto todavía más inquietante que el del asesino de poetas. El cadáver de una joven, virgen, fallecida en accidente de tráfico, ha sido desenterrado por tercera vez en un año. La policía no encuentra motivo alguno que justifique la profanación; la autopsia no desvela nada; la muchacha pertenecía a la clase alta zaragozana, con su padre ex concejal del Régimen, ex diputado en Cortes y consejero delegado de Ibercaja; así que se decide encargar la investigación a un inspector con fama de incompetente en la seguridad de que hará más justificable el fracaso: Juan Barraqueta, claro.
Para el inspector hay tres líneas de investigación posibles: “los ladrones de cadáveres, los necrófilos y carroñeros y los pederastas, pretendientes y otras hierbas”. Esto le llevará a sumergirse en los infiernos de una ciudad tan educada y aburrida como Zaragoza, una ciudad donde todo el mundo se conoce y en la que encontrará la colaboración de lord Joseph Edward Henry Wellington Heredia, gitano apandador que controla el sector de los saltatumbas; o de Abel Ayamonte, ex profesor numerario de la universidad actualmente recluido en el Hospital Psiquiátrico por sus desmesuradas perversiones sexuales; o la de Melitón Morata, picoleto budista y vegetariano, casado con una carnicera y simpatizante abertzale (posteriormente separado, claro) que fue el primero en atender a la joven en el lugar del accidente; y la de Luis Lemóniz, viudo de la mujer responsable de aquel siniestro mortal, motero, ángel del infierno y mensajero en sus ratos libres.
Con un lenguaje entre barroco y escatológico (el gusto del autor por Quevedo o Mendoza resulta evidente), Gracia Mosteo nos reboza en el barro de una ciudad gris como pocas, una ciudad que se hace visible únicamente un día de la segunda semana de octubre, una ciudad mediocre que, sin embargo, no renuncia a tener su cuota de desequilibrados, mangantes, drogatas, especuladores de los de toda la vida, miembros de sectas satánicas, jevimetaleros anclados en los tiempos del Barón Rojo y todo aquello que caracteriza a una ciudad como Dios manda.
Una novela divertidísima, que hace uso de un humor tremendamente inteligente muy alejado de lo que pueda parecer a simple vista (algunas comparaciones que he leído entre Barraqueta y Torrente son, sencillamente, absurdas; como dice el autor, Torrente es un fascista y Barraqueta un buen hombre), con frecuentes e impagables digresiones filosóficas y con un sorprendente desenlace que encaja a la perfección con el conjunto de la trama, que no desentona en absoluto y que demuestra que, la mayor parte de las veces, la solución es mucho más sencilla de lo que parece y suele estar delante de nuestras propias narices. O al menos de las del inspector Barraqueta, al que deseo, por el bien de los aficionados a la buena literatura, una larga vida. Y un nuevo caso con el que reírnos a gusto.
EL ROCK DE LA DULCE JANE
José Luis Gracia Mosteo
EDITORIAL VERBUM. 2005
Ricardo Bosque
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5 Diciembre 2005

Corren buenos tiempos para las traducciones al castellano de autores italianos de novela negra. Tras las recientes novelas de Marco Vichi, Giorgio Todde o Valerio Varesi entre otros, llega a mis manos la obra de quien, cronológicamente, debería ser uno de pioneros por estas tierras, pues su primera novela negra data de 1995. Hablo de La verdad del Caimán, de Massimo Carlotto, que con este título inició una serie de cinco novelas que espero sean traducidas a lo largo de los próximos años.
Carlotto es un tipo con una biografía ciertamente curiosa. Nacido en Padua en 1956 y actualmente residente en Cagliari, fue acusado en 1976 del asesinato de una mujer del que él fue el único testigo. Tras pasar seis años en la cárcel, estuvo otros cinco fugado por distintos países europeos, entre ellos España. Y fue en 1993 cuando el Presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro le concedió el indulto. Su fuga quedó reflejada en una novela autobiográfica publicada en 1995, "Il fuggiasco", llevada al cine en 2003 por Andrea Manni.
La verdad del Caimán también cuenta con evidentes tintes biográficos. De hecho, en la contracubierta podemos leer: "La verdad del Caimán es ciertamente mi historia. Tanto es así que en Padua, cuando salió el libro, se armó un escándalo porque la gente reconocía por la calle a los personajes y los señalaba".
El protagonista de la novela es Marco Buratti, conocido como el Caimán por su pasado como cantante de un grupo de blues, los Old Red Alligators. Tras una estancia de siete años en prisión, que podían haberse visto reducidos en caso de firmar ciertas actas y reconocer algunas caras, algo que prefirió no hacer, trabaja actualmente como detective, realizando investigaciones para toda la gente legal que necesita entrar en contacto con los bajos fondos. Bebe calvados, el único recuerdo que le queda de una novia francesa que tuvo, y nadie sabe dónde vive aunque cualquiera que haya oído hablar de él sabe cómo encontrarle: en cualquier club en el que toque una buena banda de blues.
Una abogada, Barbara Foscarini, le encarga la búsqueda de un hombre que ha aprovechado el tercer grado del que disfrutaba para no regresar a prisión, a pesar de que sólo le quedaba un año de condena por cumplir. Se trata de Alberto Magagnin, que dieciocho años atrás fue enviado a prisión acusado del homicidio de una mujer, aunque él siempre dijo que se la había encontrado muerta cuando entró a robar en su casa. Siguiendo su rastro, el Caimán llega a la casa de Piera Belli, una profesora a la que se ha visto últimamente en compañía del prófugo. El Caimán se la encuentra muerta, apuñalada, en lo que parece una repetición del pasado de Magagnin y del propio Massimo Carlotto.
El Caimán se plantea dos posibilidades: o Magagnin es nuevamente culpable o nuevamente inocente, y al ver que puede ser acusado otra vez de forma injusta, ha decidido huir. Pero un reloj manipulado deja las cosas más claras y el Caimán decide pedir ayuda a Beniamino Rossini, un cincuentón representante del hampa milanés a quien conoció en la cárcel y que, actualmente, se dedica al contrabando de todo tipo de mercancías (incluidas mujeres que terminarán dedicándose a la prostitución) entre Italia y Dalmacia. Se constituye así la curiosa pareja protagonista que deberá remontarse a aquel primer asesinato cometido dieciocho años atrás, enfrentándose a mafiosos, burgueses con tendencias sadomasoquistas, abogados, empresarios...
La novela discurre a un ritmo trepidante, casi vertiginoso, sin tiempo para innecesarias descripciones pues el mundo del Caimán queda perfectamente definido mediante sutiles pinceladas que bosquejan los bares que frecuenta, sus fieles amigos y aquellos de quienes mejor es mantenerse alejado. Estamos ante una historia que parece transcurrir siempre de noche si se entiende a qué quiero referirme con ello, a los ambientes oscuros a que nos acostumbró Hammett desde los primeros tiempos de la novela negra. Y es que el Caimán bien podría ser un personaje que se desenvolviese en cualquier historia criminal ambientada en los bajos fondos de Nueva York, Poisonville, Nueva Orleans o cualquier otra ciudad grande, mediana o pequeña de los Estados Unidos. Será por los implacables métodos que los protagonistas emplean para obtener información, por su afición hacia el alcohol, por su pasado al margen de la legalidad... o por el sonido melancólico del blues que pone música a muchos de los pasajes de la historia.
Supongo que la editorial tendrá en el tintero las siguientes entregas todavía sin publicar en España: Il mistero di Mangiabarche (1997), Nessuna cortesia all'uscita (1999), Il corriere colombiano (2000) y Il maestro di nodi (2002). Lo de menos es el título que les quieran dar en castellano; lo verdaderamente importante es que no pase demasiado tiempo hasta que podamos disfrutar del siguiente caso del Caimán que, como su autor, tuvo que trasladarse a Cagliari tras la publicación de su primera aventura.
Massimo Carlotto
EDICIONES BARATARIA. 2005
Ricardo Bosque
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