Categoría: Una ventana abierta
26 Enero 2006
30. A los pies de mi cama en el hospital, Pablo me miraba sonriente. Era una sonrisa que igual podía interpretarse como seráfica o como maliciosa, quizás tan sólo dependiera de cómo la luz incidiera en su rostro. Pero, en cualquier caso, toda la cara de Pablo era una pregunta.
–Pero ¿se puede saber por qué coño no me quisiste abrir la puerta? ¿no reconociste mi voz? Y menos mal que la policía llegó en cuestión de minutos y pudieron derribar la puerta en dos patadas... si no, te desangras como un cerdo entre los cristales del balcón.
Así que eso era lo que había ocurrido: no lograba recordar nada pero, por lo que decía Pablo, los cristales invisibles del salón habían frenado mi carrera y habían convertido lo que pretendía ser una muerte rápida en un sinnúmero de contusiones y profundos cortes en manos, brazos y cara, así como en un traumatismo craneoencefálico no demasiado grave y una terrible sensación de vergüenza porque tampoco en esa ocasión había alcanzado mi objetivo. Seguro que, cuando se enterase de lo sucedido, mi psiquiatra volvería a decir aquella estupidez del mero intento de llamar la atención.
Pablo empleó los minutos siguientes en aclararme todo lo ocurrido durante los últimos días. Al parecer, la gripe había atacado ferozmente a mi compañero, y su madre –ya sabes cómo son las madres, me dijo– le sugirió que estaría mejor atendido si se trasladaba a su casa durante la enfermedad. Por eso no pudo escuchar ninguna de mis llamadas. Y cuando él trataba de hablar conmigo era yo quien no quería contestar por miedo a encontrarme con Rebeca. Después de intentarlo un sinfín de veces, desistió y se olvidó de mí, me dejó por imposible... hasta que vio el maldito programa, relacionó a la Rebeca televisiva con mi particular Rebeca y decidió hacerme una visita por si necesitaba ayuda.
Cuando ya se dirigía hacía la puerta de salida, Pablo reparó en el descomunal y alegre ramo de flores que adornaba el mueblecito que había a la entrada de la habitación. Yo ni siquiera me había fijado en él, pero Pablo descubrió de inmediato el sobre adherido al celofán. Lo arrancó y extrajo una tarjeta de su interior. Al percibir mi mirada interrogante me aclaró que, según decía la tarjeta, el ramo era una cortesía de la dirección del hospital. Cosas de la asistencia privada, ya sabes, porque lo que es en la Seguridad Social..., fue lo que dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.
En cuanto Pablo salió de mi habitación, pulsé el llamador que colgaba junto al cabecero de la cama. Un minuto después, llegó la enfermera y le pedí que me acercase la tarjeta que mi compañero había arrojado a la papelera. Ella me miró con extrañeza pero hizo lo que le pedía y se marchó enseguida. Sabiendo que iba a encontrar algo muy diferente de lo que mi compañero me había contado, leí la nota que acompañaba al gran ramo de flores que alegraba la habitación.
“Espero que te recuperes pronto de tu lamentable accidente. Te llamaré a casa cuando te den el alta. Un beso, Rebeca”.
FIN DEL RELATO
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25 Enero 2006
29. No pude seguir escuchando ni una sola palabra más de aquel estúpido y peligroso programa. Apagué el televisor con la misma resignación con la que el condenado que ha pasado años en el corredor de la muerte recibe la noticia de que ha llegado su turno. Comencé a sollozar, tibiamente al principio y entre violentos hipidos después, y terminé golpeando repetidamente uno de los brazos del sofá con mi propia cabeza. De nuevo comenzaron los conocidos espasmos, los sudores fríos, los temblores repartidos por todo mi cuerpo... En la caja de los medicamentos que guardaba en el cuarto de baño solo quedaban dos comprimidos de Rivotril, cuatro miligramos de nada que de nada podían servirme, pero me los tragué con la avidez de una última comida.
Cuando atravesaba el recibidor de regreso al salón, sonó el timbre de la puerta. Quedé paralizado por el espanto: parecía increíble, pero no podían ser otros que los reporteros de “¿Calabazas? No, gracias” que venían a hacer su trabajo. Permanecí quieto, mudo, esperando que aquellos periodistas cotillas interpretaran que no me encontraba en casa. Pero al cabo de unos segundos el timbre volvió a sonar, esta vez acompañado por unos puños que aporreaban la puerta y una voz amortiguada llamándome por mi nombre. Sólo había una salida y, por supuesto, no pasaba por abrir la puerta al mensaje de amor de Rebeca. Desde el recibidor, la espalda apoyada contra la puerta que me protegía de Rebeca, contemplé extasiado los amplios ventanales del salón; la luz vespertina –esa cálida luz al otro lado del túnel de la que hablan los que dicen haber regresado de la muerte– entraba a raudales en la estancia descubriendo una nubecilla de polvo en suspensión. Cuatro pisos más abajo estaba el final del acoso al que llevaba días sometido. El timbre y los puñetazos insistieron una vez más. Respiré hondo e inicié la última carrera de mi vida, la carrera que me libraría para siempre de Rebeca.
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24 Enero 2006
28. –Buenas tardes –contestó la voz que reconocí al instante como la de mi acosadora.
–Creo que no quiere usted facilitar sus apellidos, ¿no es cierto?
–No, no, preferiría mantener el anonimato, si es posible…
–Por supuesto que es posible, todo es posible en nuestro programa; es más, comprendemos perfectamente su deseo. Porque tengo entendido que está atravesando un mal momento por una cuestión amorosa, ¿es así?
–Exacto, exacto. Por eso he querido recurrir a su programa, porque estoy desesperada: llevo días, creo que son ya semanas, intentando acercarme a la persona a la que amo, y él no quiere ni mirarme… me ignora como si yo no existiera.
–Es muy duro sentir el rechazo de un ser querido, ¿verdad? Pero para eso está nuestro programa, su programa: para intentar unir a personas que se aman aunque a veces ni ellas mismas lo sepan. Así que, si lo desea, puede facilitar los datos de su anhelada pareja al compañero de la centralita –fue un detalle que el presentador también pensara en mi propia intimidad y no sólo en la de Rebeca– y, de inmediato, un equipo de “¿Calabazas? No, gracias” se desplazará hasta su domicilio para trasladarle su apasionado mensaje. Y, quién sabe, tal vez esta misma tarde sepamos cómo termina esta historia de amor que todavía no ha comenzado. Muchas gracias, Rebeca. Y damos paso ya a la siguiente llamada, que nos llega desde…
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23 Enero 2006
27. En el frigorífico apenas había algo que comer y no tenía ninguna intención de salir a hacer la compra: prefería morir de hambre a enfrentarme a Rebeca. Además, pensé que siempre me quedaba la opción de utilizar el ordenador para adquirir nuevas provisiones, pero entonces recordé que también esa posibilidad había desaparecido como consecuencia de mi reciente ataque de furia. Ya sólo Pablo podía acudir en mi ayuda... eso, en el supuesto de que lograra hablar con él.
Volví a llamarle, cuatro o cinco veces a lo largo de la tarde, otras tantas por la noche, pero en ningún momento contestó a mis súplicas. Pasé horas deambulando por toda la casa sin saber qué hacer, no había comido y tampoco cené, tomé mi habitual ducha nocturna a la una de la madrugada y fue de agua fría a pesar de estar en noviembre. Me acosté desnudo por no molestarme en sacar el pijama del cajón de la cómoda, y me quedé dormido tiritando de frío bajo el pesado edredón, acurrucado como un perro en un lado de la cama y evitando en todo momento dar la espalda a la puerta del dormitorio, como si no quisiera perderme el momento en que Rebeca entrase en la habitación dispuesta a rematar la faena.
Pasé toda la noche despertando sobresaltado cada pocos minutos, y eran las siete de la mañana cuando conseguí enlazar varias horas seguidas de sueño. Tanto que cuando desperté había pasado nuevamente la hora a la que solía comer. Todavía somnoliento, preparé una cafetera y tomé un par de tazas que acompañé con una magdalena reseca que encontré sobre el frigorífico. Me tumbé en el sofá, encendí el televisor y volví a quedarme dormido mientras daban el resumen de las noticias más destacadas de la jornada.
Una hora más tarde, una voz estridente me sacó de mis sueños. Sin embargo, lo que oí me hizo dudar acerca de si seguía dormido y estaba sufriendo una absurda pesadilla o si Rebeca había logrado encontrar un nuevo resquicio por el que destrozar todas las defensas de mi castillo. En la pantalla, un presentador, que parecía desquiciado a juzgar por el tono excesivamente alto y cantarín con que se expresaba, daba paso a un desconocido y desocupado espectador.
–Muy buenas tardes, queridísima audiencia. Estamos en riguroso directo, son las cuatro y media de la tarde y, un día más, comienza una nueva edición de su programa de contactos favorito: “¿Calabazas? No, gracias”. Y lo hacemos con la petición, yo diría más bien con el ruego, de una anónima seguidora de nuestra emisión, a la que tenemos al otro lado de la línea telefónica. Buenas tardes, Rebeca.
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20 Enero 2006
26. Pero cuando realmente comprendí que Rebeca se había convertido en el arma homicida que pretendía terminar con mi vida fue el día que, leyendo El Mundo en su versión electrónica, me encontré con una animada ventana publicitaria justo debajo de la cabecera del periódico. Era un rectángulo azulón de cuyo centro surgían en sucesión infinita unos corazones rojos que, poco a poco, crecían hasta apoderarse de toda la pantalla del ordenador. En ese momento reventaban y, como fuegos de artificio, unas letras también rojas componían la frase “Alfonso, te quiero”.
Aquello era más acoso del que podía soportar una persona sana, qué decir de alguien que llevaba lustros degustando todo tipo de drogas contra la ansiedad y la depresión. En un violento arrebato, arranqué de la pared el cable de alimentación de mi ventana al mundo virtual, levanté el teclado por encima de mi cabeza y lo partí en dos contra la mesa, con un pisapapeles de mármol comencé a golpear el ordenador hasta dejarlo inservible... estaba rabioso, dispuesto a matar a cualquiera, envuelto en sudor, las manos llenas de magulladuras y algún pequeño corte fruto de mi labor destructiva. Pero me sentí algo mejor tras cerrar definitivamente la última ventana a través de la que Rebeca podía colarse en mi vida.
La caja de Rivotril estaba en las últimas, pero todavía pude administrarme una dosis generosa de doce miligramos de clonazepam que me sedaron en cuestión de minutos. Y guardé el último par de comprimidos para una situación de vida o muerte.
Dormí durante varias horas, y al despertar tenía la boca reseca y una sensación de vacío en el estómago pero nada de apetito. Miré el reloj: eran las cinco de la tarde. Rebeca había conseguido en unos pocos días acabar con treinta y seis años de horarios inamovibles, de hábitos inmutables, de rutinas inexorables... Rebeca había elegido un cuerpo supuestamente inaccesible pero fácilmente vulnerable, y lo había moldeado hasta convertirlo en un desecho imposible de regenerar.
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19 Enero 2006
25. Busqué mis sedantes en la caja de los medicamentos y tomé un par de pastillas. Después me tumbé en la cama y me quedé dormido siguiendo el movimiento repetitivo del salvapantallas del ordenador. Cuando desperté eran las once y media; Pablo ya tenía que haber regresado de su almuerzo, así que volví a llamar a la oficina. De nuevo fue una mujer la que contestó al otro lado. ¿Dónde coño estaba Pablo?
Entonces se me ocurrió lo que parecía la opción más evidente: mi compañero podía estar en su casa, bien porque hubiera decidido tomarse unos días de fiesta o bien porque estuviera enfermo. Busqué su número en la guía y le llamé a casa. Tampoco respondía; sólo su voz grabada diciendo que en ese momento no me podía atender y que dejase un mensaje después de oír la señal.
Mi nerviosismo se iba acentuando a medida que se cerraban las puertas a mi alrededor. Yo, un solitario enfermizo, comenzaba a sentir el horror del aislamiento forzoso. No me atrevía a ir a la oficina, pues allí podía estar Rebeca esperándome; no quería descolgar el teléfono cuando sonaba, pues Rebeca podía estar al otro lado; no podía conectarme a Internet sin que saltasen sobre mis ojos los avisos de correo pendiente de leer, correo que sólo Rebeca podía haberme enviado; no podía salir a la calle sin miedo a toparme con Rebeca. Y, por si todo eso fuera poco, la única persona con la que podía hablar, la única persona que quizás estuviera dispuesta a escucharme, parecía haber desaparecido de la ciudad. Porque durante todo el día estuve llamando a casa de Pablo: a última hora de la mañana, después de comer, a mitad de tarde, por la noche... y nunca encontraba respuesta. Sólo la voz de mi amigo grabada en un contestador automático animándome a dejarle un mensaje.
Pero lo peor era el sonido de mi propio teléfono, pues entre cada dos llamadas que hacía a Pablo al menos yo recibía otras dos. Podía tratarse de mi compañero, pero también era probable que fuera Rebeca quien llamase. Para evitar riesgos innecesarios, opté por no contestar al insistente timbre ni una sola vez en todos los días que duró el asedio.
Mi confinamiento entre las paredes de mi hogar iba alcanzando por momentos tintes dramáticos. Sin alternativa posible, avanzaba sin remedio hacia el centro de la espiral de mi vida, me estaba transformando en una isla una vez roto el istmo que para mí suponía el ordenador. Porque cada vez me resultaba más penoso entrar en Internet, ya que al conectarme a la red no podía evitar que la mirada se me fuera hacia los mensajes de correo pendiente de leer que se iban haciendo acumulando conforme transcurrían las jornadas. Y la situación se agravó cuando me impuse la prohibición de visitar los chats de costumbre al descubrir en todos ellos el nombre de Rebeca como apodo de alguno de los usuarios, o quizás como testimonio del don de la ubicuidad virtual de la que parecía disfrutar la mujer de mis pesadillas.
En esos días también desistí de hablar con Pablo, pues no lograba localizarle en casa a pesar de que le llamaba a las horas más intempestivas. Ni pensar en acercarme hasta su casa, pues la calle era algo que no estaba dispuesto a pisar en tanto persistiera la posibilidad de encontrar a una Rebeca de guardia permanente frente a mi portal. Tampoco salía a hacer la compra, ni a por los periódicos en el quiosco de
la esquina, ni siquiera a la farmacia para reponer las existencias de los fármacos que tan imprescindibles me resultaban. Así que no tuve más remedio que racionar el consumo de medicamentos, reservándolos para las acometidas más violentas de mis cada día más frecuentes ataques de ansiedad. Para los casos más leves me acostumbré a recurrir a una de las pocas actividades que me permitían encontrar un oasis de calma en el agitado frenesí en que se había trasformado mi existencia; y ese remedio no era otro que la limpieza de cristales, con lo que terminé disfrutando de los vidrios más invisibles de toda la ciudad.
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18 Enero 2006
24. Recorrí los pasillos electrónicos hasta cada uno de mis buzones con el mismo espíritu de un borrego camino del matadero, aunque no sé si los borregos son capaces de sudar como yo lo hacía. Sabía perfectamente lo que me iba a encontrar en cuanto consultara el contenido de esos buzones y, sin embargo, era incapaz de cerrar mis ojos a esa inusual correspondencia. Sin ser demasiado consciente de lo que hacía, pulsé en el primero de los mensajes. Lo que encontré me confirmó mis sospechas de que Rebeca necesitaba tanta asistencia psiquiátrica como yo. Y un buen somnífero también, si la hora de envío que figuraba en el mensaje era correcta.
De: Rebeca reb-ecamail@hotmail.com
A: alver@teleline.es
Asunto: quiero verte
Fecha: viernes 5 de noviembre de 2004 04:36
Querido y escurridizo Alfonso:
Veo que no tienes ninguna intención de acceder a mi deseo de conocernos personalmente. No acudes a ninguna de mis citas, parece que te has tomado unos días libres en el trabajo (estuve anteayer en tu oficina y Pablo me atendió de maravilla, pero era a ti a quien quería ver), no respondes al teléfono... así que he pensado que nos podíamos ver en algún chat. ¿O prefieres que me pase por tu casa? Como comprenderás, tengo tu dirección (hay que ver lo que se consigue en Internet a partir de un simple número de teléfono, pero qué te voy a contar yo a ti, un consumado especialista del cotilleo informático) y puedo presentarme ahí en unos minutos, pero me gustaría contar antes con tu consentimiento. En fin, espero tu respuesta aunque sea a través del correo electrónico. Un beso, tu Rebeca.
De nuevo la sensación opresiva de una tenaza aferrada a mi garganta, la dificultad de conseguir el aire necesario para alimentar mis pulmones, la insoportable pesadez de piernas y brazos. En definitiva, volví a tener la impresión de encontrarme atado de pies y manos por esa mujer, acorralado, impotente, sin capacidad de reacción... Derrotado.
En ese momento, lo que más necesitaba era escuchar una voz amable y sólo podía recurrir a una persona. Marqué el número del trabajo dispuesto a solicitar desesperadamente la ayuda de Pablo, dispuesto a rogarle que me visitara nada más salir de la oficina, pues ya ni me atrevía a cruzar la puerta de casa tras leer los mensajes de Rebeca: aquella psicópata podía estar al acecho en la esquina de mi calle, esperando que yo asomara la cabeza para saltar sobre mí.
Comencé a contar los tonos cuando ya habían sonado tres o cuatro. Cinco pitidos después alguien descolgó al otro lado, pero no fue a Pablo a quien pude escuchar: una voz de mujer que no fui capaz de reconocer me contestó con un dígame que nada me decía. Colgué de inmediato pensando que me podía haber equivocado de número y lo intenté de nuevo. En esa segunda ocasión sólo tuve que esperar tres tonos para volver a escuchar la misma voz femenina de poco antes. Volví a colgar y consulté mi reloj. Eran las diez y cinco de la mañana y probablemente Pablo hubiera salido a almorzar; en ese caso, la persona que me había atendido en las dos ocasiones podía ser cualquiera de mis compañeras, a las que yo no estaba acostumbrado a escuchar a través de un auricular.
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17 Enero 2006
23. Así estuve durante dos o tres días. Mi sangre se estaba convirtiendo en el banco de pruebas de varios laboratorios farmacéuticos, mi estado anímico dibujaba tantos picos y valles en un día como el índice Dow Jones en
un año, mi cabeza registraba tantos vaivenes como latidos mi corazón... y Rebeca seguía sin dar señales de vida, hasta el punto de que comenzaba a echar de menos sus intromisiones. Pero cuando volvió a aparecer me maldije por lo que consideraba una debilidad por mi parte.
Había decidido prolongar mis inesperadas vacaciones durante unos días más, quizás pretendiendo recuperar con el encierro domiciliario el equilibrio mental que Rebeca me había hecho perder con su despiadado acoso. Pasaba las mañanas navegando, dedicado a uno de mis pasatiempos favoritos, la observación de las conversaciones de los cientos de solitarios que se hallaban esparcidos por los distintos países de habla hispana. Por la tarde, una siesta de un par de horas y después, hasta la hora de la cena, una nueva travesía virtual. Hacia las diez, una cena ligera y otra vez enganchado al ordenador hasta las dos o las tres de la madrugada.
Todo rodaba a la perfección, sin sobresaltos, como siempre me había recomendado el psiquiatra que debían discurrir mis días. Pero una mañana, cuando ya casi había olvidado el mal trago de Rebeca, un fogonazo imprevisto me sacudió en cuanto mi ordenador consiguió establecer conexión con el servidor: tres avisos simultáneos florecieron de pronto del suelo de la barra de tareas, uno por cada una de las cuentas de correo que tenía abiertas en distintos portales. Con distintas palabras, todos los avisos decían lo mismo: “tiene un mensaje nuevo en la bandeja de entrada”.
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