EL ROCK DE LA DULCE JANE

En 2001, José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957) presentaba en sociedad al inspector Juan Barraqueta. En esa ocasión, y en una novela (El asesino de Zaragoza) narrada en forma de carta de dimisión al Ministro del ramo, Barraqueta debía descubrir al psicópata que estaba detrás de una serie de asesinatos que, por una vez en la historia y sin que sirva de precedente, colocaban a Zaragoza en el mapa mundial, al menos en el criminal, que ya es algo.
El asesino en cuestión era un individuo que la había tomado con los poetas e intelectuales de la ciudad, a los que asesinaba por el curioso procedimiento de hacerles tragar sus propias e infumables (a su juicio) obras literarias. Nadie daba un duro por el mediocre inspector Barraqueta que, sin embargo, resolvía el misterio gracias a sus peculiares modos de investigar y alcanzando un desenlace realmente sorprendente.
Juan Barraqueta no es un gourmet como Carvalho o Montalbano, ni está divorciado como Wallander y tantos otros, ni se metió a policía para vengar el asesinato de ninguna novia o conocido allá por sus tiempos jóvenes como Jan Fabel y otros que no recuerdo... Barraqueta es amante de la cocina “normalita” (huevos, panceta, judías…), vive más o menos felizmente casado (como la mayoría de los mortales) en un tercero sin ascensor y se metió a policía después de licenciarse en Magisterio y descubrirse incapaz de aprobar una oposición de maestro. Como él mismo se define, un prófugo del arado como la mayoría, un fiel servidor del “todo por la nómina”. Quizá su única peculiaridad sea, producto de su pasada formación académica, lo mucho que disfruta leyendo poesía (Virgilio, Iriarte, Samaniego, el Romancero Viejo) encerrado en su retrete, lo que en ocasiones le da las claves para resolver los casos a que debe enfrentarse.
En esta segunda entrega, narrado en forma de carta a la psiquiatra que le atiende, Barraqueta debe investigar un asunto todavía más inquietante que el del asesino de poetas. El cadáver de una joven, virgen, fallecida en accidente de tráfico, ha sido desenterrado por tercera vez en un año. La policía no encuentra motivo alguno que justifique la profanación; la autopsia no desvela nada; la muchacha pertenecía a la clase alta zaragozana, con su padre ex concejal del Régimen, ex diputado en Cortes y consejero delegado de Ibercaja; así que se decide encargar la investigación a un inspector con fama de incompetente en la seguridad de que hará más justificable el fracaso: Juan Barraqueta, claro.
Para el inspector hay tres líneas de investigación posibles: “los ladrones de cadáveres, los necrófilos y carroñeros y los pederastas, pretendientes y otras hierbas”. Esto le llevará a sumergirse en los infiernos de una ciudad tan educada y aburrida como Zaragoza, una ciudad donde todo el mundo se conoce y en la que encontrará la colaboración de lord Joseph Edward Henry Wellington Heredia, gitano apandador que controla el sector de los saltatumbas; o de Abel Ayamonte, ex profesor numerario de la universidad actualmente recluido en el Hospital Psiquiátrico por sus desmesuradas perversiones sexuales; o la de Melitón Morata, picoleto budista y vegetariano, casado con una carnicera y simpatizante abertzale (posteriormente separado, claro) que fue el primero en atender a la joven en el lugar del accidente; y la de Luis Lemóniz, viudo de la mujer responsable de aquel siniestro mortal, motero, ángel del infierno y mensajero en sus ratos libres.
Con un lenguaje entre barroco y escatológico (el gusto del autor por Quevedo o Mendoza resulta evidente), Gracia Mosteo nos reboza en el barro de una ciudad gris como pocas, una ciudad que se hace visible únicamente un día de la segunda semana de octubre, una ciudad mediocre que, sin embargo, no renuncia a tener su cuota de desequilibrados, mangantes, drogatas, especuladores de los de toda la vida, miembros de sectas satánicas, jevimetaleros anclados en los tiempos del Barón Rojo y todo aquello que caracteriza a una ciudad como Dios manda.
Una novela divertidísima, que hace uso de un humor tremendamente inteligente muy alejado de lo que pueda parecer a simple vista (algunas comparaciones que he leído entre Barraqueta y Torrente son, sencillamente, absurdas; como dice el autor, Torrente es un fascista y Barraqueta un buen hombre), con frecuentes e impagables digresiones filosóficas y con un sorprendente desenlace que encaja a la perfección con el conjunto de la trama, que no desentona en absoluto y que demuestra que, la mayor parte de las veces, la solución es mucho más sencilla de lo que parece y suele estar delante de nuestras propias narices. O al menos de las del inspector Barraqueta, al que deseo, por el bien de los aficionados a la buena literatura, una larga vida. Y un nuevo caso con el que reírnos a gusto.
EL ROCK DE LA DULCE JANE
José Luis Gracia Mosteo
EDITORIAL VERBUM. 2005
Ricardo Bosque


