Desde que, a finales de los ochenta, la editorial Júcar publicara en su colección Etiqueta Negra dos excepcionales títulos de este autor (“El cerdo de vapor” y “El huevo ingenioso”), no habíamos tenido ocasión de ver por estos lares una nueva traducción de los casos protagonizados por una de las parejas más atípicas del género: el teniente (blanco) Kramer y el sargento (bantú y, por supuesto, negro) Zondi, miembros los dos de la Brigada de Homicidios de Trekkesburg, Sudáfrica.

Desgraciadamente, han tenido que pasar más de quince años hasta que una nueva editorial ponga en nuestras manos otra joya del autor sudafricano, novela publicada originalmente en 1972 y que, cronológicamente, se sitúa a continuación de “El cerdo de vapor”, la primera de la serie y por la que obtuvo en 1971 el premio Gold Dagger de la Asociación Británica de Escritores de Novela Negra.

James McClure, nacido en 1939 en Pietermaritzburg, inició su carrera profesional como fotógrafo, compartiendo estudio con Tom Sharpe. En 1965 se exilió voluntariamente a Inglaterra pues, según sus propias palabras, “el apartheid me parecía absolutamente repugnante, y no sabía cómo quedarme sin formar parte de él”. Y es esa repugnancia por tan denigrante régimen político el que le lleva a descargar su ira mediante el género negro, porque, como dice el autor, “La novela negra se filtra por otro canal. La gente la lee en principio para evadirse, para pasar un buen rato. Y ese era el terreno en que yo pensaba que realmente podía golpear con más eficacia a un público conservador”.

Así es como crea a la curiosa pareja protagonista, que aunque pueda parecer ilógica en principio (un policía blanco y otro negro como compañeros en un régimen racista) debía ser habitual en la realidad, pues cada uno cumple su cometido en la resolución de los casos que investigan: Kramer interroga a los dominantes blancos y Zondi a los siervos negros, y así nadie se siente ofendido.

En “El Leopardo de la medianoche”, Kramer y Zondi deben resolver un enigma que comienza con la aparición del cadáver de un muchacho afrikáner (los descendientes de los holandeses colonizadores del país), mutilado en lo que parece la obra de un pervertido sexual. Pero el hallazgo de una oruga seccionada longitudinalmente y la averiguación de que el muchacho era miembro del Club de los Detectives, una especie de asociación cuya misión es alentar la colaboración de los niños en el mantenimiento del orden establecido y de paso perpetuar la visión racista de la sociedad, hace que los investigadores se inclinen por la posibilidad de encontrarse ante un crimen premeditado. Una extraña clave escrita en envoltorios de chicle, una Reina enterrada en el jardín de una mansión residencial de las afueras de la ciudad, o las clases de baile que el afrikaner muerto ha tomado en un club inglés conducen la trama hacia un desenlace del que no adivinaremos todo hasta casi volver la última página de la novela.

Como es habitual en McClure, la trama se desarrolla entre continuas muestras de ironía, situaciones surrealistas (la forma en que se produce la detención de uno de los colaboradores de Kramer por parte de la propia policía es absolutamente demencial) y un auténtico rosario de personajes secundarios con un carácter tan bien definido como el de los propios protagonistas: la viuda Fourie, madre de cuatro hijos y con la que Kramer mantiene una larga e inestable relación; Lisbet Louw, profesora del muchacho asesinado y decisiva a la hora de interpretar hechos que el teniente no termina de comprender; el agente Hendriks y sus permanentes granos adolescentes; el sargento Kritzinger, que nunca necesitará un pañuelo si tiene una corbata anudada al cuello; el capitán inglés Jarvis y su extraña familia; Nielsen, un naturalista que pasa las noches recolectando cagadas de musaraña; o Pembrook, el nuevo ayudante del teniente, sagaz en ocasiones pero infinitamente torpe la mayor parte del tiempo.

A través de estos y otros muchos personajes, McClure nos muestra cómo es la compleja sociedad sudafricana de los años setenta, utilizando el humor como mejor modo de denunciar las aberraciones de una sociedad clasista y racista, caracterizada por la presencia de multitud de grupos enfrentados entre sí, ingleses contra boers (ambos de acuerdo en un solo aspecto: la supremacía de los blancos sobre los negros) y bantús mirando por encima del hombro a zulúes, pues siempre ha habido clases y dentro de las clases, categorías.

Si no me equivoco, todavía quedan varios títulos protagonizados por Kramer y Zondi inéditos en España. Esperemos que no tengan que pasar otros quince años antes de poder disfrutar de nuevo de la voz diferente de James McClure.

James McClure
EDITORIAL FUNAMBULISTA. 2005

Ricardo Bosque