Una ventana abierta (relato por entregas)
2. Creo que estábamos en la última fila del autobús que me conducía al trabajo... Sí, eso es. Las ocho menos cuarto. Página setenta y ocho de El discurso del método. Levanté una vez más los ojos del libro para ver cómo Araceli, una de las compañeras de Información, subía al autobús con la mirada de Pablo pegada al culo. Hacía tiempo que estaba convencido de que entre Pablo –uno de los pocos compañeros de oficina que suele hablar conmigo y el único que acostumbra a esperarme para salir a desayunar– y Araceli había algo más que la lógica relación laboral que se establece entre dos personas que pasan siete horas al día trabajando bajo el mismo techo. Nada más lejos de mi intención que criticar ese tipo de comportamientos, que nunca he sido el paladín de una moralidad caduca; lo que ocurre es que desde crío he hecho de la curiosidad improductiva mi mayor entretenimiento, curiosidad estéril pues no he pretendido jamás, en ningún caso, obtener beneficio alguno de todo aquello que voy averiguando de los demás. Podría decirse que soy un observador mudo que disfruto descubriendo cada día un nuevo detalle de la vida de cuantos me rodean, síntoma seguramente de la vacuidad absoluta de mi propia vida.
Casi siempre es la llamada de algún ciudadano solicitando cualquier tipo de información el punto de partida de mis pesquisas. Sí, tal vez sea una chiquillería, pero encuentro un placer mayúsculo imaginando quién se esconde tras las voces que escucho al otro lado del teléfono: dónde puede residir, cuál será su edad, si tendrá hijos o no, cuáles serán sus bienes... Y el placer alcanza proporciones inconcebibles si al terminar la consulta compruebo lo acertado de mis predicciones en las distintas bases de datos a las que tengo acceso. Y desde luego, aquella mañana en que comenzó la pesadilla no tenía porqué ser distinta a una mañana cualquiera de las otras muchas que pasaba sentado ante la pantalla del ordenador.
El autobús abrió sus puertas como de costumbre, sobre la ocho de la mañana, para permitir el diario desembarco de una compañía de funcionarios. Después del café de bienvenida y el resumen de prensa, y mientras mis compañeros comentaban en animada charla el último programa de moda de la televisión, yo me senté frente a mi ordenador, no por tener unas especiales ganas de trabajar, sino porque las tertulias nunca han sido plato de mi agrado.
Como hago todas las mañanas, saqué un paño que guardo en el primer cajón de mi mesa y, durante varios minutos, me entregué en cuerpo y alma a la misión de abrillantar el monitor de catorce pulgadas que es mi ventana a la realidad de la ciudad. Una nueva jornada de trabajo abría sus puertas.
Otro día, más. Puedes leer el relato desde el principio en la categoría Una ventana abierta.


