Una ventana abierta (relato por entregas)
24. Recorrí los pasillos electrónicos hasta cada uno de mis buzones con el mismo espíritu de un borrego camino del matadero, aunque no sé si los borregos son capaces de sudar como yo lo hacía. Sabía perfectamente lo que me iba a encontrar en cuanto consultara el contenido de esos buzones y, sin embargo, era incapaz de cerrar mis ojos a esa inusual correspondencia. Sin ser demasiado consciente de lo que hacía, pulsé en el primero de los mensajes. Lo que encontré me confirmó mis sospechas de que Rebeca necesitaba tanta asistencia psiquiátrica como yo. Y un buen somnífero también, si la hora de envío que figuraba en el mensaje era correcta.
De: Rebeca reb-ecamail@hotmail.com
A: alver@teleline.es
Asunto: quiero verte
Fecha: viernes 5 de noviembre de 2004 04:36
Querido y escurridizo Alfonso:
Veo que no tienes ninguna intención de acceder a mi deseo de conocernos personalmente. No acudes a ninguna de mis citas, parece que te has tomado unos días libres en el trabajo (estuve anteayer en tu oficina y Pablo me atendió de maravilla, pero era a ti a quien quería ver), no respondes al teléfono... así que he pensado que nos podíamos ver en algún chat. ¿O prefieres que me pase por tu casa? Como comprenderás, tengo tu dirección (hay que ver lo que se consigue en Internet a partir de un simple número de teléfono, pero qué te voy a contar yo a ti, un consumado especialista del cotilleo informático) y puedo presentarme ahí en unos minutos, pero me gustaría contar antes con tu consentimiento. En fin, espero tu respuesta aunque sea a través del correo electrónico. Un beso, tu Rebeca.
De nuevo la sensación opresiva de una tenaza aferrada a mi garganta, la dificultad de conseguir el aire necesario para alimentar mis pulmones, la insoportable pesadez de piernas y brazos. En definitiva, volví a tener la impresión de encontrarme atado de pies y manos por esa mujer, acorralado, impotente, sin capacidad de reacción... Derrotado.
En ese momento, lo que más necesitaba era escuchar una voz amable y sólo podía recurrir a una persona. Marqué el número del trabajo dispuesto a solicitar desesperadamente la ayuda de Pablo, dispuesto a rogarle que me visitara nada más salir de la oficina, pues ya ni me atrevía a cruzar la puerta de casa tras leer los mensajes de Rebeca: aquella psicópata podía estar al acecho en la esquina de mi calle, esperando que yo asomara la cabeza para saltar sobre mí.
Comencé a contar los tonos cuando ya habían sonado tres o cuatro. Cinco pitidos después alguien descolgó al otro lado, pero no fue a Pablo a quien pude escuchar: una voz de mujer que no fui capaz de reconocer me contestó con un dígame que nada me decía. Colgué de inmediato pensando que me podía haber equivocado de número y lo intenté de nuevo. En esa segunda ocasión sólo tuve que esperar tres tonos para volver a escuchar la misma voz femenina de poco antes. Volví a colgar y consulté mi reloj. Eran las diez y cinco de la mañana y probablemente Pablo hubiera salido a almorzar; en ese caso, la persona que me había atendido en las dos ocasiones podía ser cualquiera de mis compañeras, a las que yo no estaba acostumbrado a escuchar a través de un auricular.
Otro día, más. Puedes leer el relato desde el principio en la categoría Una ventana abierta.


