Una ventana abierta (relato por entregas)
25. Busqué mis sedantes en la caja de los medicamentos y tomé un par de pastillas. Después me tumbé en la cama y me quedé dormido siguiendo el movimiento repetitivo del salvapantallas del ordenador. Cuando desperté eran las once y media; Pablo ya tenía que haber regresado de su almuerzo, así que volví a llamar a la oficina. De nuevo fue una mujer la que contestó al otro lado. ¿Dónde coño estaba Pablo?
Entonces se me ocurrió lo que parecía la opción más evidente: mi compañero podía estar en su casa, bien porque hubiera decidido tomarse unos días de fiesta o bien porque estuviera enfermo. Busqué su número en la guía y le llamé a casa. Tampoco respondía; sólo su voz grabada diciendo que en ese momento no me podía atender y que dejase un mensaje después de oír la señal.
Mi nerviosismo se iba acentuando a medida que se cerraban las puertas a mi alrededor. Yo, un solitario enfermizo, comenzaba a sentir el horror del aislamiento forzoso. No me atrevía a ir a la oficina, pues allí podía estar Rebeca esperándome; no quería descolgar el teléfono cuando sonaba, pues Rebeca podía estar al otro lado; no podía conectarme a Internet sin que saltasen sobre mis ojos los avisos de correo pendiente de leer, correo que sólo Rebeca podía haberme enviado; no podía salir a la calle sin miedo a toparme con Rebeca. Y, por si todo eso fuera poco, la única persona con la que podía hablar, la única persona que quizás estuviera dispuesta a escucharme, parecía haber desaparecido de la ciudad. Porque durante todo el día estuve llamando a casa de Pablo: a última hora de la mañana, después de comer, a mitad de tarde, por la noche... y nunca encontraba respuesta. Sólo la voz de mi amigo grabada en un contestador automático animándome a dejarle un mensaje.
Pero lo peor era el sonido de mi propio teléfono, pues entre cada dos llamadas que hacía a Pablo al menos yo recibía otras dos. Podía tratarse de mi compañero, pero también era probable que fuera Rebeca quien llamase. Para evitar riesgos innecesarios, opté por no contestar al insistente timbre ni una sola vez en todos los días que duró el asedio.
Mi confinamiento entre las paredes de mi hogar iba alcanzando por momentos tintes dramáticos. Sin alternativa posible, avanzaba sin remedio hacia el centro de la espiral de mi vida, me estaba transformando en una isla una vez roto el istmo que para mí suponía el ordenador. Porque cada vez me resultaba más penoso entrar en Internet, ya que al conectarme a la red no podía evitar que la mirada se me fuera hacia los mensajes de correo pendiente de leer que se iban haciendo acumulando conforme transcurrían las jornadas. Y la situación se agravó cuando me impuse la prohibición de visitar los chats de costumbre al descubrir en todos ellos el nombre de Rebeca como apodo de alguno de los usuarios, o quizás como testimonio del don de la ubicuidad virtual de la que parecía disfrutar la mujer de mis pesadillas.
En esos días también desistí de hablar con Pablo, pues no lograba localizarle en casa a pesar de que le llamaba a las horas más intempestivas. Ni pensar en acercarme hasta su casa, pues la calle era algo que no estaba dispuesto a pisar en tanto persistiera la posibilidad de encontrar a una Rebeca de guardia permanente frente a mi portal. Tampoco salía a hacer la compra, ni a por los periódicos en el quiosco de
la esquina, ni siquiera a la farmacia para reponer las existencias de los fármacos que tan imprescindibles me resultaban. Así que no tuve más remedio que racionar el consumo de medicamentos, reservándolos para las acometidas más violentas de mis cada día más frecuentes ataques de ansiedad. Para los casos más leves me acostumbré a recurrir a una de las pocas actividades que me permitían encontrar un oasis de calma en el agitado frenesí en que se había trasformado mi existencia; y ese remedio no era otro que la limpieza de cristales, con lo que terminé disfrutando de los vidrios más invisibles de toda la ciudad.
Otro día, más. Puedes leer el relato desde el principio en la categoría Una ventana abierta.


