Una ventana abierta (relato por entregas)
30. A los pies de mi cama en el hospital, Pablo me miraba sonriente. Era una sonrisa que igual podía interpretarse como seráfica o como maliciosa, quizás tan sólo dependiera de cómo la luz incidiera en su rostro. Pero, en cualquier caso, toda la cara de Pablo era una pregunta.
–Pero ¿se puede saber por qué coño no me quisiste abrir la puerta? ¿no reconociste mi voz? Y menos mal que la policía llegó en cuestión de minutos y pudieron derribar la puerta en dos patadas... si no, te desangras como un cerdo entre los cristales del balcón.
Así que eso era lo que había ocurrido: no lograba recordar nada pero, por lo que decía Pablo, los cristales invisibles del salón habían frenado mi carrera y habían convertido lo que pretendía ser una muerte rápida en un sinnúmero de contusiones y profundos cortes en manos, brazos y cara, así como en un traumatismo craneoencefálico no demasiado grave y una terrible sensación de vergüenza porque tampoco en esa ocasión había alcanzado mi objetivo. Seguro que, cuando se enterase de lo sucedido, mi psiquiatra volvería a decir aquella estupidez del mero intento de llamar la atención.
Pablo empleó los minutos siguientes en aclararme todo lo ocurrido durante los últimos días. Al parecer, la gripe había atacado ferozmente a mi compañero, y su madre –ya sabes cómo son las madres, me dijo– le sugirió que estaría mejor atendido si se trasladaba a su casa durante la enfermedad. Por eso no pudo escuchar ninguna de mis llamadas. Y cuando él trataba de hablar conmigo era yo quien no quería contestar por miedo a encontrarme con Rebeca. Después de intentarlo un sinfín de veces, desistió y se olvidó de mí, me dejó por imposible... hasta que vio el maldito programa, relacionó a la Rebeca televisiva con mi particular Rebeca y decidió hacerme una visita por si necesitaba ayuda.
Cuando ya se dirigía hacía la puerta de salida, Pablo reparó en el descomunal y alegre ramo de flores que adornaba el mueblecito que había a la entrada de la habitación. Yo ni siquiera me había fijado en él, pero Pablo descubrió de inmediato el sobre adherido al celofán. Lo arrancó y extrajo una tarjeta de su interior. Al percibir mi mirada interrogante me aclaró que, según decía la tarjeta, el ramo era una cortesía de la dirección del hospital. Cosas de la asistencia privada, ya sabes, porque lo que es en la Seguridad Social..., fue lo que dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.
En cuanto Pablo salió de mi habitación, pulsé el llamador que colgaba junto al cabecero de la cama. Un minuto después, llegó la enfermera y le pedí que me acercase la tarjeta que mi compañero había arrojado a la papelera. Ella me miró con extrañeza pero hizo lo que le pedía y se marchó enseguida. Sabiendo que iba a encontrar algo muy diferente de lo que mi compañero me había contado, leí la nota que acompañaba al gran ramo de flores que alegraba la habitación.
“Espero que te recuperes pronto de tu lamentable accidente. Te llamaré a casa cuando te den el alta. Un beso, Rebeca”.
FIN DEL RELATO
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nomientas dijo
Fin?? No puede ser, no puedes dejarme así con el asunto de Rebeca! EStoy enganchadisima a este relato, lo estoy siguiendo desde el primer día y tengo que felicitarte porque has conseguido que lo siga sin perderme ni un capítulo!
Grácias!
SAludos
27 Enero 2006 | 02:18 PM